
Cerró la churrería donde iba a desayunar en mi niñez, junto a la playa. La última vez que fui fue el propio dueño quien me dijo que se jubilaba, y, extrañamente, ese anuncio me hizo sentir una inmensa tristeza, como si se jubilaran también partes de mi vida que salían de su letargo cada vez que llegaba a ese barecillo pequeño y con olor a aceite frito. Me veo allí, en mi infancia, al amanecer. Veo a mi padre, que pedía los churros abundantes, mientras mi hermana y yo nos sentábamos con mi madre en la única mesa del bar y nos abrigábamos con unas rebequitas de lana hechas por mi abuela. Qué extraño es que un espacio ajeno y tan angosto sea capaz de encerrar tantos retales de vida propia, y además de vida feliz, ya que ante un chocolate con churros no se conocen casos de personas tristes.
Con el cierre de la churrería, cerré también, de alguna manera, capítulos de mi vida. Y es que, como decía la señora del churrero, mientras lavaba los vasitos del café con leche aquel último día, “las cosas pasan en un momentillo”...