
El Café Federal ocupa dos plantas y una terraza de una antigua casa, en una esquina de la ciudad. Sus dueños quisieron reflejar en él el ambiente de los cafés de Sidney, la ciudad en la que crecieron, y parece que lo han conseguido. Jazz suave acompañando desayunos largos y compartidos en torno a una gran mesa de madera, sobre la que se van depositando cafés con leche, croissants con mermelada casera, y suculentas muffins, que se asoman de reojo a la portada del New Yorker y a lo que escribe en su pantalla, el último visitante de este espacio casual y al que conviene ir sin prisas...