
Camino hasta el Café Volblum entre Casp y Roger de Flor, cerca de la Ciudadela. Dentro me recibe un espacio blanco y alegre, con sillas de diferentes colores recuperadas de otras vidas. Parece que, también ellas, estuvieran esperando la merienda: una un chocolate caliente, otra un batido de fresa; aquélla unas galletitas con mermelada. Celebran la alegría de tener una segunda oportunidad en un lugar tan luminoso, tras su primera vida en salones y cocinas oscuros de hace 3 décadas. Sobre las mesas, los azucarillos en bol de loza, y botellitas de zumo recicladas en jarrones con margaritas amarillas.
Y flotando en el aire, la música de Björk, en su versión más suave y gatuna.