La conocí hace unos meses, en un largo desayuno de domingo, en Cervecería Catalana. Era mi vecina de mesa, y, de manera casual, empezamos a charlar. Me pareció una mujer atractiva y magnética como su pulcro estilo. Filipina de origen, criada en San Francisco, y neoyorquina de adopción, es propietaria de dos centros de belleza de alto standing en la parte más noble de la Ciudad. Cool-point urbano al más puro estilo "Sexo en Nueva York". Cuando se despidió, sacó una tarjeta de visita de su impecable bolso Hermés, y me ofreció su amistad.
Se llama Peony, como la flor.