
Llamó a su amiga. Le habló de lo cansada que estaba del trabajo, del ajetreo en casa, de la responsabilidad de sacar a sus hijos adelante, de tener que estar pensando en todo a todas horas. Le contó que quería salir a bailar, a divertirse, a trasnochar. Le habló de que se le hacía cada día más difícil encontrar la energía.
Y le contó su secreto para conseguir, pese a todo, ponerle una sonrisa a la rutina: cada noche, mientras preparaba la cena en la cocina, se servía una copa de vino tinto, y se dejaba seducir por su dulce poder de relativización...