
Cenaba ayer en un restaurante de Almería, a la hora dulce del atardecer. Miraba el mar, cercano y plácido, y los barcos atracados en el puerto. De repente, una alta personalidad política entró en el local, momentos después que sus guardaespaldas. Ocupó una discreta mesa, al fondo, y antes de sentarse dejó su chaqueta colgada en un perchero de pie. La imagen de esa chaqueta, atrajo mi mirada durante muchos minutos. Observé sus hombreras, cansadas y abatidas; sus bolsillos, testigos durante el día de miles de secretos y de trepidantes vivencias; su noble tejido, marcando protocolos; su porte, en definitiva, que a aquella hora en que cierran despachos y callan móviles y ambiciones, parecía indolente y despreocupado...
No pude evitar pensar en si sería verdad aquéllo de que "el hábito hace al monje"...