
Hace unas semanas volví al Café Federal, del que ya hablé en otra ocasión. Encontré de nuevo la gran mesa de madera que preside el lugar, y un grupo de solitarios cool sentados a su alrededor: el moderno con gafas de pasta y la camiseta de rayas negras y blancas; dos australianos, habitantes temporales de la cosmopolita ciudad, “regulars” en el Café, según ellos mismos se autoproclaman; ordenadores Mac en la mesa junto a café-lattes; el New Yorker y La Vanguardia, como lecturas de la mañana ofrecidas por el local... El dueño, australiano y muy simpático, te pregunta con amabilidad how are you today y conversa contigo.
Hace unos días, en su perfil de una red social, el Café anunciaba que sus dueños se iban a Bangladesh a intentar que sus "corazones vibraran otra vez". Al parecer, tienen un proyecto de abrir un hotel allí y, según ellos mismos dicen, "muchas ganas de empezar una vida nueva y hacer otros proyectos que "no sólo sean business". Me impresionó la ilusión que había en sus palabras y la valentía de quien se atreve a seguir buscando cuando decae la emoción...