
Llegaba cada tarde a la heladería a la misma hora. Se sentaba en una mesa de la terraza, mirando al paseo marítimo. Sus blusas, de colores pastel, siempre estaban bien planchadas y sus pantalones impecables. Nunca le faltaban unos pendientes a juego. Pareciera que no quisiera estar desarreglada por si esa tarde se producía el encuentro. Ese que secretamente anhelaba. No parecía estar triste, simplemente esperaba con dignidad.
Ninguna de las tardes de aquellos días de playa llegó nadie. Ninguna de esas tardes dejó de asistir a su cita con el helado de dos sabores.