Algunas mañanas vamos a jugar a los jardines del Palau Robert, al final de la Rambla de Cataluña. A la sombra de las palmeras y escuchando los cantos de pájaros exóticos, los niños juegan con palas y cubitos de colores. Algunos corretean y otros cogen las hojas caídas de los árboles.
En ese pequeño oasis verde de ciudad, es fácil olvidar que la vida corre frenética, ruidosa y absurdamente adulta más allá de los portones.