
La conocí en la boda de su mejor amigo. Me la presentaron como una experta psicoanalista, a punto de retirarse. Me pareció cansada, con mirada amable pero confusa; la sonrisa ausente, las manos reposadas. Al hablar, hacía pausas más largas de lo habituales y reaccionaba algo tarde al comentario o la broma; se podría decir que habitaba un universo propio, casi onírico. Me pregunté si toda una vida dedicada a escuchar los problemas y las neuras del prójimo sería la responsable de su aparente debilidad, de su ser apagado.
Me pregunté si de tanto poner el foco en las mentes de los otros, la mente propia no se había difuminado...