
El dinero de los invernaderos de Almería, que fue mucho y rápido durante años, buscó multiplicarse aún más. Algunos, en su codicia, llegaron a comprar terrenos en el cercano desierto de Tabernas, deslumbrados por la perspectiva de inminente construcción inmobiliaria sobre las arenas. Ninguno de ellos contaba con que llegaría la crisis y las grúas dejarían de rugir.
Ninguno de ellos adivinó que su dinero iba a quedar enterrado para siempre bajo las dunas.