
Un jueves cualquiera. Hago una pausa café tipo “porque yo lo valgo”. El lugar elegido es el Café Mauri, entre las calles de Aribau y Provenza. Pido mi café y desenfundo cuadernito. El Mauri es un bar de los de antes. Su estética es cincuentera, y está decorado con sillas de skai rojo y mesitas de formica. Los tablones de madera oscura forran las paredes e invitan a la tertulia. Es un Café que se sitúa en un cruce de calles y acoge, por tanto, un permanente cruce de flujos y de miradas. Uno de esos lugares que ceden parte de su personalidad a la de los otros hacia los que inexorablemente mira. Uno de esos lugares de encuentro, de intriga, de fusión, de sorpresa.
Como lo son todos los espacios que pueblan una esquina.