
El Metro estaba lleno a aquella hora de la mañana. Caras somnolientas y miradas al infinito de quienes iban al trabajo con más resignación que ganas. Desidia en los que leían con desgana el periódico gratuito. Hombro con hombro, pero hombros lejanos. Y, de repente, como un rayo de sol en mitad de la grisura, al fondo del vagón una pareja se mira con dulzura e intensidad a los ojos, y la luz que irradia borra las anodinas presencias de todos cuantos les rodean, y les hace brillar con la única, inconfundible e inigualable luz del amor.