
Hoy encontré a una conocida del pasado en un vuelo a Sevilla. Iba escoltada por su jefe de gabinete y su jefe de prensa. Con cierto pesar, comprobé que la mujer alegre, risueña y espontánea que yo conocía había desaparecido bajo una expresión mucho más cauta, reservada y distante de la que tenía en otro tiempo. Han pasado algunos años por ella, pero, sobre todo, el efecto de un nombramiento de alto cargo que, temo, haya borrado de su rostro el aire despreocupado y natural que tenía la mujer que yo conocí.
Hoy vi en unos ojos cansados y tristemente desconfiados el peso de la púrpura en una persona buena.