
Bajo los centenarios arcos de las antiguas Atarazanas de la ciudad, los sudorosos y rudos operarios de antaño han cedido sus puestos a encorbatados intelectuales y a elegantes damas con enormes gafas negras. Los ruidosos martillos y las vociferantes grúas han callado ante el discreto murmullo que siempre acompaña las conversaciones de las clases altas, y el sutil tintineo de delicadas tazas.