
Errante. Solitaria. Camina ensimismada y mira, en ocasiones, los rostros de aquellos con los que se cruza. Sus pasos bordean con cuidado su alma, que está dormida. Se sienta en algún lugar, para creerse dueña durante unos instantes de algún espacio de esa ciudad. Sigue caminando. El alma sigue durmiendo con una aparente serenidad, más cercana a la languidez que al bienestar. Nota cómo va cerrando compuertas y cada vez se hace más oscuro dentro. Por eso sale por las mañanas, sin faltar una sola, para que se le cuelen los rayos del sol por las rendijas de la piel y la calienten un poco.
Desde fuera no dirías que está dormida, ni que acuna soledades con cada paso.