
Hay cafeterías que tienen alma y a las que no me canso de ir. De unas me gusta el diseño acogedor de su espacio; de otras su luz envolvente; y de otras, una música que te arropa. Todas esas cosas las tiene el Café San Elías, en la Calle San Elías. Pero, además, tiene otro componente que la hace singular. Su único y silencioso camarero, un gallego de aire tímido y servicial, que, con pocas palabras y mucha calidez en la mirada, te hace sentir como en un rinconcito de tu casa.
No sé su nombre, pero lo llamaré San Elías.