
Me refugio a menudo en el Café Hábaluc. Hoy un cielo plomizo cubre la ciudad. Tras el cristal observo la calle mojada, la vespa vintage celeste, los paraguas oscuros que cubren a los resignados paseantes. La ciudad se ha puesto la gabardina y se ha vestido de gris. Sólo una lámpara de araña, enteramente roja, en la peluquería de enfrente, pone una nota de color en esta tarde desapacible. Dentro del Café música suave y olor a café recién hecho. Tres mesitas de madera están ocupadas. Sobre la mía, un café con leche, mi cuaderno y “La montaña mágica” de Thomas Mann. A sólo 50 páginas de alcanzar la cumbre.